Estos artículos son borradores editoriales preparados junto con el sitio. Están escritos para ser reemplazados por los textos propios de The Address.
Dos vidas completamente distintas, a noventa minutos una de la otra. Cómo deciden realmente los compradores entre ellas.
Casi todo comprador que llega a Costa Rica con la mente abierta termina en la misma bifurcación: la costa del Pacífico, o los cerros alrededor del Valle Central. Están cerca en el mapa y no se parecen en nada a la hora de vivirlas.
La costa es cálida todo el año, con frecuencia húmeda, y está organizada alrededor del agua: nadar, surfear, botes, ese ritmo particular de un lugar donde el día termina al atardecer. Los servicios son buenos en las comunidades consolidadas y más escasos fuera de ellas. El mantenimiento es constante: la sal, el sol y la lluvia trabajan sobre un edificio sin pausa.
El valle es templado. Entre unos 1.000 y 1.500 metros la temperatura se mantiene en una franja angosta todo el año, lo que significa nada de calefacción, por lo general nada de aire acondicionado, y un clima que los visitantes subestiman sistemáticamente hasta que pasan una semana en él. Hospitales, colegios, restaurantes y el aeropuerto internacional quedan cerca. La contrapartida es que uno está en una ciudad: presas, ruido y la fricción ordinaria de la vida urbana.
En la práctica, la decisión suele reducirse a dos preguntas. Primera: ¿cuánto del año va a estar realmente aquí? Menos de tres meses, la costa suele ganar; más de seis, la gente quiere cada vez más los servicios y el clima del valle. Segunda: ¿quién viene con usted? Las familias con hijos en edad escolar se instalan de forma abrumadora en Escazú o Santa Ana y compran una segunda casa más pequeña en la costa.
La tercera opción, que más compradores escogen de lo que esperaban, es ambas: residencia principal en el valle y casa de fin de semana a noventa minutos, en el Pacífico Central. Es el único arreglo que le da el clima, los servicios y el agua sin tener que ceder en ninguno.



